domingo, 21 de noviembre de 2010

Mudanza


Tenía que cambiar de piso. Este ya se le estaba quedando pequeño. Pero le daba pereza. Había que buscar, mirar, remirar y por fin elegir. Pero ya no podía demorarlo más, ya casi no cabía en este. Salió de casa por la mañana, decidido a que hoy lo encontraría. Los rayos de sol acariciaban su espalda, era importante ver a la luz del día su futura casa. Y sí, tras un corto paseo, la encontró: estaba allí, sobre la arena húmeda, las olas la acariciaban una y otra vez. Se enamoró de ella nada más verla. Asomó la cabeza por la puerta y comprobó que no estaba ocupada. Siempre había deseado vivir en un caracol de mar, con esos pinchos tan largos que le daban un aspecto tan exótico, como de casa futurista, y este además tenía unos bonitos colores marrones y beiges. Se metió dentro, y se sentó en el centro de la sala, dejando asomar sus pinzas por la puerta. Hogar, dulce hogar.

(Como a todos los cangrejos ermitaños, le molestaba tener que cambiar de casa al crecer. Sin embargo, esta vez había merecido la pena).

4 comentarios:

carlos de la parra dijo...

Iba todo tan lógico y aparece la sorpresa de que hablamos de un cangrejo,uno de mis animales favoritos. En las comidas de buffet.

Torcuato dijo...

Me he imaginado a un hombre, en vez de un cangrejito, encontrando una gran concha de caracola y habitándola. Qué bueno sería eso. Sin papeles, permisos e historias.
Un beso, Puri.

Puck dijo...

yo ya veía la chocita en una playita... qué suerte la del cangrejo!!!
saludillos

Puri dijo...

Carlos,
¡enhorabuena! has conseguido el record de número de comentarios en mi blog: 8 en un solo día!Gracias, me encantan los cangrejos, sobre todo los ermitaños, tan pequeños y delicados y no solo para comérmelos

Torcuato, Puck
La verdad es que yo también envidio al cangrejo en su concha, que gustazo, al lado del mar...