domingo, 24 de enero de 2016

Adiós, David



Fotografía de Ralph Gatti



We can be heroes just for one day.
He will be heroe for ever…


La oscuridad y la luz, él podía ser eso.  Podía mirarnos con un ojo azul y otro oscuro y maligno. Podía sonreír con un pellizco de maldad. Podía arañar el paraíso y bailar en el infierno. Viajaba por el espacio y contemplaba el planeta azul mientras tomaba sus píldoras de proteínas. Podíamos perdernos con él en el laberinto, aunque quisiera raptar a nuestro hermano, o quizá mejor si lo hacía. Era el camaleón que cambia de color con la luz y con los tiempos, pero no para mimetizarse sino para destacar entre las estrellas. Escuchaba sus canciones, en cassettes que ya se han borrado. Las tarareaba con mi primo, tumbados en la cama, aun a sabiendas de que nosotros no seríamos héroes, ni siquiera durante un día. O quizá sí: éramos héroes los dos o tres minutos que duraba la canción.

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David Bowie murió el 10 de enero de 2016. Esto lo escribí el 11 de enero cuando me enteré de la noticia y no lo había puesto por aquí, quiero que esté en esta bitácora. Un duro golpe para todos los que lo admirábamos. Preparó su muerte salvaguardando su intimidad, Pero nos dejó un último disco, donde muere y renace para todos nosotros. 

jueves, 21 de enero de 2016

Herencia rebelde



Pero nunca, sin saber bien por qué, dejarán de mirar hacia arriba. Con soberbia. No pueden recordar el momento en que los arrebataron de sus cunas, pero llevan en sus genes ese brillo rebelde que destella en su mirada. Qué empeño nuestras mujeres en sacar adelante a estas crías de lobo, de las que solo podíamos esperar dentelladas. Se derritieron de ternura cuando las miraron a los ojos: “Son solo niños”, dijeron. Y los dejamos vivir en nuestras casas, comer en nuestras mesas, dormir a nuestro lado; los tratamos igual que a nuestros hijos, y así nos lo agradecen. Ojalá los hubiéramos matado entonces, como a sus padres.

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Un relato para el concurso REC.

miércoles, 13 de enero de 2016

El monstruo


Mientras su madre trajinaba en la cocina, la pequeña escapó al jardín y observó al vecino con curiosidad. Viejo, sin afeitar, el pijama mugriento. Entre los chasquidos de una radio siempre mal sintonizada oía su respiración agónica como si fuera a morir en ese mismo instante. La fascinaba. La madre la metió en casa, le había dicho mil veces que no se acercara al monstruo. Al día siguiente, los padres sintieron un gran alivio al no escuchar la insoportable radio. Tanto silencio trajo seguidamente el horror. La camita vacía. Y en el jardín, junto a la valla, solo su chupete.

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Con este concurso he recibido una mención en el III Certamen de microrrelato Realidad Ilusoria, convocado por Miguel Ángel Page. Podéis leer el relato de la ganadora Elisa de Armas, de los finalistas y conocer el resto de las menciones aquí. Como veréis, allí me encuentro rodeada de muchos amigos y grandes escritores.


sábado, 9 de enero de 2016

El fotógrafo de Praga





Paseaba por Praga con una cámara, aquel ojo artificial era un apéndice de los suyos propios con el que pretendía apresar todo aquello que escapaba a sus sentidos. En cada esquina, en el empedrado, buscaba historias escondidas, seguro de que cada piedra habría absorbido la esencia del escritor, porque en ellas aún resonaban sus pasos, y él perseguía la huella de sus zapatos, el vaho de su aliento, el olor del gabán de su memoria. A la luz roja del laboratorio, esperaba encontrarlo conjurando la magia lenta de los líquidos reveladores, pero aquellas fotos aparecían en la cubeta del revelado  y lo único que desvelaban turbiamente era una soledad pálida y triste, de calles grises y esquinas mohosas. Cuando alzaba la cabeza, bajo el tendido de fotografías colgadas a secar con pinzas de plástico, lamentaba su mala suerte. A veces creía que la sombra de aquel hombre estaría a la vuelta de la esquina de aquella calleja de Hradcany que descendía hacia su propio misterio y al día siguiente iba allí, doblaba esa esquina y tomaba otra foto. Un nuevo revelado solo mostraba el vacío de su alma sedienta de historias y aparecía una nueva esquina tras la cual se adivinaba el perfume de un escritor que quiso ser olvidado y que otros recuperaron y amaron con el fervor que provoca la inquietud, el desasosiego. Esa inquietud conducía al fotógrafo a buscar en la siguiente esquina y después en la siguiente y en la siguiente, una sucesión de calles vacías pero tan exquisitamente perfumadas por su alma que cuando el artista expuso sus obras en su ciudad natal, los espectadores se paseaban por aquella ciudad y acababan perdiéndose en la sucesión de callejuelas, ese empedrado de grises y negros donde perseguían el sonido de unos pasos que se alejaban, y en la ansiedad por salir del laberinto, encontraban al fin la sombra de Kafka perfilada en un muro, intentando huir una vez más de sus miradas.

viernes, 1 de enero de 2016

Despropósitos de Año Nuevo



Hace un par de años os felicité el año con una lista de Despropósitos, para compensar la cantidad de listas de propósitos de año nuevo que apestaban la red... Mi hijo Pedro hizo un par de dibujos para ilustrarlos y le propuse que hiciera un dibujo para cada uno y poder elaborar con ellos un librito. Por fin hemos conseguido entre los dos terminar este proyecto tras arduas negociaciones… 
Estoy muy orgullosa de los dibujos que ha hecho aunque él no estuviera muy motivado. Muchas gracias, Pedro, por este trabajo conjunto de madre e hijo.


Aquí os dejo nuestros Despropósitos de Año Nuevo:

domingo, 20 de diciembre de 2015

Clases de piano



Imagen de Brendon Burton

Los martes y los jueves suena una sonata de olvido y flores marchitas, que hace crujir las paredes del salón como si a la casa le dolieran los huesos. El piano está desafinado y su voz es tan vieja como la de doña Alba, que se encoge cada día un poco más bajo el peso de sus años. Doña Alba se recuesta en el sofá y percibe el cosquilleo de las notas en sus dedos, que jamás volvieron a tocar una tecla. Los martes y los jueves, después de la clase de piano, ofrecía a su profesor una taza de chocolate y bizcocho casero. Todo empezó así, piano, chocolate y bizcocho, y un sofá donde sus cuerpos acababan cada vez más juntos. Los martes y los jueves ve otra vez sus manos, recorriendo el teclado y las siente cogiendo las suyas y acariciando su pecho. Pero qué frías están ahora esas manos y qué triste la marcha fúnebre que muerde su corazón abandonado.

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Para el último viernes creativo de el bic naranja

martes, 15 de diciembre de 2015

Alma de muñeca rota



©Mr.Toledano
Imagen de Mr. Toledano.

Hay quien tiene la cabeza llena de pájaros. Yo la tengo llena de muñecas de porcelana, de esas que nos clavan sin piedad sus ojos de cristal. La culpa la tuvo mi tía Elvira, que tenía una colección de estas niñas, sentaditas en fila en lo alto del armario de su alcoba, con sus vestidos de encaje rancio en el cuello y sus labios pintados. Recuerdo aquellas noches en su cama, por la ventana penetraba suficiente luz de las farolas como para iluminar sus ojos, los cuales me atravesaban como púas de erizos. Me daban tanto miedo que hubiera deseado cerrar los ojos, pues aunque sabía que estaban muertas, percibía su sed de vida; por eso soportaba el horror de verlas, de lo contrario habría quedado a su merced, sin posibilidad de impedir que me absorbieran el alma y me suplantaran para convertirse en niñas de buenos modales, siempre con los vestidos limpios y las palabras por favor y gracias al principio y final de cada frase, sus tirabuzones desenredados sin una lágrima, y ni una moradura en las rodillas; no, no permitiría que mi cuerpo fuera poseído por sus sonrisas falsas.

Lo que nadie podía explicarse por la mañana es que siempre hubiera una muñeca a los pies del armario, con el rostro de porcelana destrozado y un brazo o una pierna rotos. “La niña no llega hasta ahí arriba, ni siquiera subida a una silla o en pie desde la cama…” me disculpaba mamá ante la tía, que se subía por las paredes ante la pérdida. Ellas no hubieran entendido que las muñecas se suicidaban ante mis ojos por el solo placer de hacerme contemplar la muerte, sus rostros de angustia al lanzarse al vacío, el vuelo de sus faldas mostrando los pololos con puntillas, el estrépito que las dejaba lisiadas para siempre, sus ojos rodando debajo de la cama. Al final me acostumbré a las muñecas suicidas, me acostumbré tanto que aprendí todo de ellas, y ahora me aparezco ante mi madre con los rostros de todas aquellas muñecas y la amenazo con volver a saltar al vacío y recuperar el sueño eterno que perdí en tantas noches de muñecas rotas.

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Un relato para un viernes creativo de el bic naranja. La imagen para inspirarnos es de Mr. Toledano.