jueves, 23 de marzo de 2017

Sonámbulos



Imagen de Erik Johansson, Dreamwalking

Con el tiempo, mi mujer se ha ido acostumbrando a mi sonambulismo, la convivencia convierte nuestros actos más extraños en aburridas rutinas y ahora, cuando salgo de la cama, sigue durmiendo. Desde hace algunas noches, he ampliado el alcance de mis rondas: cojo las llaves, abro la puerta, cruzo el jardín y entro en la casa vecina. La casa es exactamente igual a la nuestra, pero igual tanto por fuera como por dentro. En el recibidor, tiene el mismo zapatero de estilo castellano, el televisor Samsung, el sillón orejero y el tresillo de piel del salón son idénticos a los nuestros; la misma reproducción de Picasso en la pared del pasillo, el despacho, con el ordenador y los folios de la novela ordenados en el lado izquierdo, donde yo siempre los dejo, la cocina de muebles blancos y los paños de cocina con gallinas rojas: no hay ni un mínimo detalle diferente. En el dormitorio, donde reconozco el cabecero de forja y las mesillas gemelas con unas tulipas que difuminan esa luz cálida que tanto le agrada a María, encuentro acostados a una pareja; están dormidos, ella es muy hermosa. Cuando entro, el hombre se levanta y pasa a mi lado sin despertarse. Yo ocupo su lado de la cama junto a la mujer dormida y me acerco a ella, huele a flor de azahar. El hombre cruza el pasillo, deja atrás el cuadro de Picasso, entra en el despacho y lo oigo teclear en el ordenador, la impresora escupe unos cuantos folios; enciende el televisor pero le aburre enseguida y vuelve a apagarlo. Camina hasta el recibidor, saca unos zapatos del zapatero, se los calza, sale por la puerta, recorre el jardín y entra en nuestra casa, cuya puerta yo he dejado abierta. Entonces la mujer se despierta, me abraza y hacemos el amor entre sábanas de naranjo.

Me despierto sin saber cómo he vuelto a mi casa de este lado, a mi cama, junto a mi mujer de siempre. No me atrevo a preguntarle a mi esposa, tampoco quiero saber. Me levanto y miro por la ventana la casa de enfrente: las persianas bajadas, el coche aparcado delante de la verja, el césped siempre bien cuidado y un vacío inmenso, en el jardín y en mis manos: echo de menos su piel de pétalo. Nunca he visto a nuestros vecinos de día. Durante el desayuno, he tratado de averiguar algo sobre ellos, pero mi mujer ha contestado que apenas los conoce, y enseguida ha cambiado de tema. Termino el café en la mesa de mi despacho, donde encuentro, a la izquierda del teclado y como cada mañana, el nuevo capítulo impreso de la novela. Y yo no soy escritor. 

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Escrito para la propuesta de Ana Vidal en los viernes creativos de el bic naranja., relato inspirado en la fotografía de Erik Johansson

lunes, 30 de enero de 2017

Como una novia




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Nunca me gustaron los vestidos de volantes, mi madre me los ponía los domingos de vacaciones en el pueblo y yo los odiaba, porque con ellos debía portarme como una señorita. A mí eso de ser una señorita me parecía un rollo, lo que de verdad me gustaba era correr contigo hasta el río y convertirnos en piratas, o vivir en un árbol y ser exploradores de la jungla. Para todo aquello, los volantes eran un engorro. Además, tenía miedo de que un día esos vestidos acabaran convirtiéndome en lo que yo más detestaba: una princesa. En la boda de mi prima estrené otro vestido y todos dijeron que también yo parecía una novia, sin embargo me sentía como una rana en el salón de baile de un palacio. Pero en el fondo disfrutaba con los halagos, sobre todo cuando venían de los chicos. Tú estabas en un rincón mirándome, sin decir palabra. No te atrevías a acercarte y aquello me mosqueaba. Así que te cogí de la mano y te arrastré hacia el corral. “Dime la verdad”, te pregunté, “¿a ti te gusto así?”. Y me dijiste: “Yo siempre seré amigo tuyo, aunque lleves vestido, pero solo me casaré con la chica que se sube a los árboles”.

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Para la última propuesta de los viernes creativos de Ana Vidal en el bic naranja, inspirado en la foto, pero sin utilizar ni un adjetivo.