viernes, 18 de abril de 2014

Con guantes


Encontré un par de guantes de piel entre un montón de ropa y cachivaches de segunda mano, estaban nuevos. Eran preciosos, rojos en la palma y negros en el dorso, me los probé y aunque tengo una mano grande, de dedos largos, eran exactamente de mi talla. Dudaba si cogerlos o no, me marché sin ellos, pero al llegar al final de la calle di media vuelta y regresé al puesto ambulante: ahí seguían, seduciéndome desde la cima del revoltijo de prendas, y los compré sin regatear. Cuando me alejaba pensé contenta que contrastaban con mi abrigo negro, me darían un aspecto muy chic con su rojo desenfadado, atrevido, y todo ello combinado con la elegancia de su dorso negro.

Me puse un guante, acaricié su suave piel con deleite, me puse el otro como en un ritual, me subí la solapa del cuello del abrigo, en el retrovisor de un coche me pinté los labios con un rojo pasión como el de los guantes, me calé el sombrero de ala corta, envolviendo mi mirada en un halo de secreto y misterio; recorrí con paso decidido las callejuelas camino de mi hotel, tan atractiva y segura como una actriz de cine. Bajo la luz de las farolas, enredando el aire con los dedos enfundados en piel, me sentía una ladrona en la noche, esa ladrona que deseaba ser cuando era niña y me disfrazaba con los guantes de piel negros de mi madre y con una linterna registraba la casa en busca de tesoros, de joyas que robar. “Ladrona de corazones”, me dijo el joven ascensorista del hotel con una sonrisa, al hilo de mi pensamiento. Podía ser mi hijo, por eso le contesté atravesándole los ojos: “Y de diamantes en bruto”, y le mostré balanceándose el número de la llave de mi habitación. “A las doce acabo mi turno”, susurró él sin dejar de mirarme a los ojos. “Puedo esperar”, dije con indiferencia y añadí: “¿con guantes o sin guantes?”. “Con guantes, por supuesto…” pidió él.

—Adelante —le dije cuando llamó a la puerta, le esperaba tumbada en la cama con los guantes como único vestido—, soy tu Guantecita roja.
—Y yo tu lobato feroz —contestó.
También llevaba guantes, guantes blancos de cabritilla, que acariciaron mi espalda con la suave y delicada piel y sus labios eran un dulce hocico que cosquilleaba desde el ombligo hasta mis senos y en el instante que iba a devorarme toda entera mis guantes se volvieron pimientos y la lujosa habitación se transformó en mi casucha destartalada con techo de uralita y la única posibilidad de huir fue arrojarnos abrazados al abismo de los besos, con la determinación de un ascensor que se precipita en caída libre desde el piso veintidós hasta estrellarse en el suelo.

Entre los restos del ascensor alguien encontró un par de guantes rojos y otro par blancos, ambos con los dedos enlazados; se hallaban sobre dos cuerpos voluptuosos, que guardaban el placer en sus labios y en el interior de sus ojos cerrados.

2 comentarios:

Miguel jiménez salvador dijo...

Y dejarse llevar por el espíritu de Rita Hayworth, je je.
Me gusta mucho Puri.
Un beso.

Purificacion Menaya dijo...

Miguel, qué bueno que vieras a Rita Haiworth!!!