Me preparo un café. Para sacar el azúcar del armario de la cocina, tengo que apartar sus pastillas de la tensión y las del ácido úrico. Así no se me olvidan con el desayuno, me dice. Mi abuelo de joven quería ser boticario. Con tanto achaque, por fin lo ha conseguido.
lunes, 28 de marzo de 2011
La farmacia de mi abuelo
domingo, 27 de marzo de 2011
Ya es primavera
Debajo de mi casa hay un pequeño jardín abandonado que pertenece a la comunidad. Durante todo el invierno dormita tristemente, es un nido de basura donde los papeles arrastrados por el viento quedan atrapados contra la valla y en el que los guarros, que tanto abundan, depositan sus basuras… Pero en primavera se llena de flores, es una explosión de vida salvaje, de colores, de olores. Mientras hago algunas fotos, aspiro el aroma a miel de las flores, observo a los abejorros zumbando, oigo el canto de los pájaros. Este es un jardín que nadie cuida; luego, cuando llega el calor, deciden pasar la segadora y echar herbicida y lo dejan totalmente pelado, ante mis ojos horrorizados. La naturaleza, a pesar de todo, es perseverante, la primavera siempre vence y conquista todos los años este pedazo de tierra, convirtiéndolo en un caos alegre de hierbas altas y revueltas. En el parque de al lado tenemos un césped bien cortado, ordenado y perfecto, pero hay pocas flores, sólo los dientes de león y algunas tímidas margaritas salen allí. Las malvas, las crucíferas blancas de este jardín abandonado, las espigas verdes, las malas hierbas, todas crecen como locas aquí. Eligen la libertad, allí donde el tirano de hormigón se despista un poco. Aunque sea efímera. Aunque les cueste la vida, pues pronto un desalmado con su segadora pasará por aquí y arrancará hasta el último esqueje. Mientras tanto disfrutemos de ellas, de su alegría, de su revolución, de su grito de rebeldía.
jueves, 24 de marzo de 2011
Playa con leones
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| Foto de Pedro Rovira Tolosana |
Estoy en una playa con una fuente en la orilla. Sé que algunas veces a esta playa se acercan leones, ya nos ha pasado en una ocasión. Me encuentro en la fuente bebiendo agua, cuando aparece el león. Ruge. Me quedo paralizada. Siempre aconsejan que ante un animal salvaje uno no debe moverse. Su rugido es lo único que se oye en el silencio. No es un rugido fuerte ni amenazador, pero se acerca como avisando: "estoy aquí". Viene hacia mí, hacia la fuente. Sin duda estoy en su territorio. Pienso que lo mejor será apartarme de allí, para no molestarle, no puedo quedarme esperando a quedarme frente a frente. Así que, sin levantarme, a gatas, y muy lentamente, me voy alejando de la fuente hacia el borde de la playa, con la cabeza gacha, sin mirarlo, para que vea que no hay enfrentamiento. Consigo llegar hasta el final de la playa y permanezco allí sin moverme, de bruces en la arena, la melena cubriéndome el rostro, temiendo que salte sobre mí. Por mi cabeza pasan imágenes de cómo será morir sufriendo los zarpazos del león, el mordisco de sus afilados caninos. No me atrevo a mirar dónde se encuentra. Entretanto, el león llega a la fuente y bebe. De reojo, lo veo, sin apenas levantar la cabeza de la arena.
Después me meto en la espesura, avanzo entre los árboles y la alta vegetación. Llego a las casas de madera de la orilla de la playa y me introduzco en una de ellas. Por la ventana, veo la cabeza de un caballo. Se oye el sonido de los cascos de los caballos en las tablas de madera del porche. No me atrevo a salir. Son caballos salvajes. Acabo de escapar de un león y me asustan unos simples caballos.
Me pregunto si el león ha podido seguirme y puede entrar aquí. Miro a mi alrededor buscando dónde esconderme en esta casa si viene tras de mí. En estas habitaciones en penumbra puedo ir jugando al escondite con él, cuando el león entre en una habitación yo puedo cambiarme a otra.
Pero el león afortunadamente no viene. Fuera de la casa sólo hay caballos. Me gustan los caballos. Recorro la casa. Está en penumbra. En una penumbra cortada solo por los rayos de sol que atraviesan los agujeros de las persianas.
En el salón encuentro al dueño de la casa. Está en el sofá y tiene aspecto de acabar de despertar. Me disculpo diciéndole que he entrado en su casa debido a que huía de un león.
- Sí – me contesta con tranquilidad -, en esta playa son habituales los leones, suelen acercarse a beber a la fuente. Me gusta contemplarlos desde el porche, a veces se bañan en el mar y parecen jugar con las olas.
La estampa de unos leones jugando con las olas me parece muy idílica, pero después de huír con éxito de uno de ellos, no me siento tan valiente como para exponerme de nuevo en el porche ante ellos.
- ¿Quiere tomar un té? – me ofrece el dueño de la casa –. Agradeceré su compañía, el día se hace muy largo cuando uno está solo, en esta casa siempre está oscuro por eso me quedo siempre dormido...
Acepto su invitación, me siento en un sofá rodeada de cojines estampados con flores, mientras él pone a hervir el agua para el té. Miro hacia el gran ventanal, es por la tarde, faltan varias horas para el atardecer y sin embargo es cierto, en esta casa apenas entra luz, está todo en una penumbra marrón, llena de tristeza y eso me extraña, ¿cómo es posible que con esos ventanales, al lado de la playa, no haya luz en esta casa? Es una casa fantasma, de oscuridad y tinieblas. Una casa que se traga la luz, por los ojos y por la boca, pero sin dejar que entre dentro de sí. No me extraña que su dueño se pase el día durmiendo, en un duermevela soñador en el que los leones bailan en el mar.
Charlamos apaciblemente mientras saboreamos ese delicioso té oscuro y aromático. El tiempo pasa sin darnos cuenta. Al atardecer, oímos un gran bullicio afuera. Salimos al porche, contemplamos la playa. Ahora hay mucha gente, parece que hay una fiesta, la gente baila, hay luces de colores, los leones ya no se atreven a acercarse.
- No volveré nunca a esta playa de los leones – le digo -. Cuando hay leones es peligrosa, pero cuando hay gente es insoportable.
El hombre está completamente de acuerdo conmigo.
lunes, 21 de marzo de 2011
Respirar
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| Respirar bien, sentirse mejor. Ilustraciones de Blanca Bk |
Mi amiga Blanca Bk ha ilustrado un libro guía para aprender a respirar mejor. Pinchando en la foto de su libro puedes ver la entrada en su blog. Al leer su entrada, me acordé de que no hace mucho yo había escrito también algo sobre la respiración. Os lo dejo a continuación, acompañando la ilustración de Blanca. Y no os olvidéis: respirad. Pero respirad bien...
* * * * *
Respirar
Respiramos automáticamente. Nadie está constantemente dirigiendo con su pensamiento el aire que entra y sale de sus pulmones.
Y es una lástima, porque nuestra vida depende de eso, de respirar. Si no respiras, te mueres. Tu cuerpo lo sabe, por eso sigue respirando aunque tú no te des cuenta. Esta es la diferencia: si respiras mecánicamente, simplemente sobrevives; si respiras profundamente, vives de verdad, sientes la vida.
En las clases de yoga, podemos ser conscientes, durante diez o quince minutos, de nuestra respiración. Detenemos el automatismo y sentimos. Sentir el aire que entra por la nariz, suavemente. Sentir cómo hincha los pulmones, cómo se vuelven una esponja que absorbe el oxígeno. Cómo ese oxígeno se reparte por todo el cuerpo, inflándolo igual que un globo. Cómo la esponja se estruja, para expirar el aire. Y todo el cuerpo también se encoge, eliminando su aire de desecho. Cómo cada inspiración nos relaja un poco más, y cada expiración libera nuestras tensiones. Los pies..., las piernas..., la cadera... Todos se aflojan. Cada una de las vértebras..., las manos..., los brazos..., los hombros..., la cabeza..., los párpados..., los ojos... Todo pierde peso. El cuerpo flota. Desaparece. Cada inspiración nos acerca a nosotros mismos. Vivimos escapando de nosotros, es una delicia reencontrarnos en ese fluir del aire, suelto y sereno. Sentir el aire que nos da vida. Vivir el aire que sentimos. Dejen de leer y practiquen yoga.
jueves, 17 de marzo de 2011
Sol de verano
Tomar el sol. Sentir su calor. Depués de un baño en el mar.
Tumbarse sobre la toalla.
Con la respiración levemente agitada por el esfuerzo de nadar.
Escuchando las olas que rompen en la orilla.
La arena que se pega a tus pies mojados, a tus piernas, a los dedos de tus manos.
El sol en tus ojos, en tu cuerpo, el sol lamiendo las gotas, sediento de agua de mar…
El sol que calienta tu cuerpo mojado como una caricia.
El frescor y el calor. Simultáneos. Para luego desaparecer el frescor y quedar solo el calor.
El sol que te muerde con su calor.
Y volverse a bañar entre las olas jugando con las olas.
El sol, amante de verano. Y el mar, su refresco apasionado.
Tumbarse sobre la toalla.
Con la respiración levemente agitada por el esfuerzo de nadar.
Escuchando las olas que rompen en la orilla.
La arena que se pega a tus pies mojados, a tus piernas, a los dedos de tus manos.
El sol en tus ojos, en tu cuerpo, el sol lamiendo las gotas, sediento de agua de mar…
El sol que calienta tu cuerpo mojado como una caricia.
El frescor y el calor. Simultáneos. Para luego desaparecer el frescor y quedar solo el calor.
El sol que te muerde con su calor.
Y volverse a bañar entre las olas jugando con las olas.
El sol, amante de verano. Y el mar, su refresco apasionado.
domingo, 13 de marzo de 2011
Píldoras
- Sí, pero no tengo tiempo.
- ¿Has probado las píldoras-libro? Son el último invento de nuestro laboratorio. Te tomas una con un vaso de agua y es como leer un libro. Sin tener que leer palabra tras palabra, ni pasar páginas, ni sostener libros pesados en la cama, ni hacer el esfuerzo intelectual de concentrarte y seguir la lectura; tan fácil como tragar una píldora, con un vaso de agua y todo el contenido de un libro pasa a tu cabeza. Mira, aquí tengo Ana Karenina.
Su amigo le mostraba una píldora roja y azul, como cualquier píldora para el dolor de cabeza.
- Solo te costará seis euros – añadió –, bastante menos de lo que cuesta un libro.
- Vale, déjame probarla.
Aquella noche se sentó en su sillón, se había preparado un vaso de zumo de naranja de polvos, con todas las vitaminas de la fruta y después de mascar una chocolatina hiper-calórica-proteínica con fibra añadida, decidió relajarse con la lectura de Ana Karenina. Contempló con cierta incredulidad la píldora, tenía una A grabada en la mitad roja y una K en la mitad azul; estaba acostumbrado a las píldoras alimenticias (aunque prefería las chocolatinas para no perder el placer del sabor), pero se sentía un tanto escéptico en cuanto a que una pildorita pudiera contener un Ana Karenina entero…
Con el último sorbo de zumo se tragó la píldora, y se repantingó en el sillón.
* * *
- ¿Qué te pareció Ana Karenina? – le dijo su amigo cuando se lo encontró días más tarde.
- ¡Jamás volveré a tomar una píldora de esas! Con ellas no se puede hacer nada más, te sorbe el seso por completo. Ha sido como una enfermedad, tres días con sus interminables noches en la cama, sufriendo las angustias de Ana Karenina. Porque te la tomas y es como si abrieras el libro pero sin poder cerrarlo en ningún momento. Y ese es el error: ¿a quién se le ocurre poner Ana Karenina en una sola píldora? ¡Deberían preparar una caja con tantas píldoras como capítulos!
En revista miNatura
He publicado un relato en la revista digital miNatura, Revista de lo breve y lo fantástico, que dedica su nº 109 a los superhéroes. El relato es el nº 22, Calzoncillos en la lavadora, que publiqué en este blog el año pasado. Podéis leerlo aquí. Gracias a Ricardo Acevedo por incluir este relato en la revista.
El enlace de la revista, aquí
Para descargar el nº 109 de miNatura, aquí
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