Cada
mañana, nuestro pulcro ministro disimula las sombras bajo sus ojos con un
quitaojeras que roba a su mujer. Lee las noticias en su tablet mientras añora
los viejos tiempos de los periódicos en papel, cuando después del desayuno, y
tras su diaria defecación, se limpiaba el trasero con las páginas de las
miserias cotidianas y se libraba de ellas con un simple gesto: tirar de la
cadena. Ahora sale de casa y las miserias —el paro, las protestas juveniles de
los estudiantes sin futuro, las seniles de los jubilados, las exigencias de los
políticos europeos de caninos vampíricos— siguen agazapadas en su tablet y si
enciende la radio del coche también zumban en la voz de ese locutor que pincha
con su aguijón afilado. Claro que puede cambiar de emisora y escuchar las
alabanzas de sus amigos que le invitan a seguir por el buen camino, ese que
lleva sin rodeos a la bonanza de los paraísos fiscales y las benditas
corruptelas, con un final feliz en el que todos ellos comen perdices. Pero los
jóvenes están otra vez ahí, interrumpiendo el tráfico en la avenida, y también
los viejos con bastones alzados, y las palomas salen volando de estampida y se
le cagan en el parabrisas sin que lleve la puñetera escopeta… Añora tanto los
viejos tiempos, que dicta leyes que retornan al pasado y solo así se siente
seguro y en paz cuando vuelve a casa y se calza las zapatillas, aunque sus
ojeras vuelvan a asomar.
* * *
Un año más, los relatos indignados inundan la red en primavera en
