Erase una vez un escritor al que un día se le acabaron las ideas. Bueno más que acabarse, tenía ideas, pero cuando comenzaba a desarrollarlas, se secaban. Quería escribir historias y empezaba con buen pie, pero la historia después se torcía y no había manera de enderezarla. Así una historia tras otra, todas se quedaban inconclusas. Cuanto más quería escribir, más se le atascaban las palabras, se quedaban paralizadas, pues llegaba un momento en que las palabras le llevaban a un laberinto que le repateaba en el estómago por su insulsez. Ni siquiera el absurdo venía a instalarse en sus escritos como una genialidad extraña e incoherente. Palabras que no le decían nada, palabras vacías o mil veces escuchadas, que se convertían en un balbuceo inacabado y sin sustancia. Por utilizar una metáfora literaria, aquel escritor se estaba quedando sin tinta en el alma y el alma se le secaba y se obsesionaba con aquella incapacidad de sacar una miserable historia que le apasionara un poco. Buceaba en su ordenador y no encontraba más que páginas medio escritas, medio en blanco, bloqueos mentales que le obsesionaban y le bloqueaban cada vez más. El maldito tópico del terror del escritor ante la página en blanco…
Quizá debía salir a comprar tinta, para humedecer su alma, o buscar otra alma de repuesto o buscar… ¿Buscar qué? Quizá simplemente había que dejar de buscar, dejar de escribir, dejarse llevar, empaparse de vida y sentir… para que la escritura algún día volviese a fluir, como antes, de la cabeza al teclado, del teclado a la página en blanco.
¿Sería capaz de vivir sin esa obsesión de tener que escribir una historia? Nadie le estaba pidiendo una historia, sólo él mismo se la exigía. ¿Sería capaz de dejar de ser tan exigente consigo mismo y dejarse vivir como las personas normales y corrientes que no tienen ni se plantean en ningún momento tener que escribir una historia?
domingo, 8 de noviembre de 2009
viernes, 6 de noviembre de 2009
La máquina de escribir
Hay una vieja máquina de escribir sobre la mesa camilla. En el papel que está en el carro, una frase empezada. La máquina de escribir está cansada, se oye su respiración lenta y pesada bajo la ventana abierta. La ventana es un rectángulo de cielo azul donde chillan los vencejos.
La máquina de escribir sueña. Mira al azul del cielo, que es el color de los sueños y no sueña con la poesía que escribirá mañana. Ella sueña que se convierte en un ordenador. Si fuera un ordenador no estaría tan cansada, porque no tendría que repetir la página entera cuando el escritor se equivoca. Además tendría memoria y podría recordar todas esas maravillosas historias que él escribe. Ahora la máquina las transcribe, letra a letra, pero en cuanto el escritor arranca la hoja del carro, la historia deja de ser suya, ella no puede recordar nada. Los ordenadores guardan las historias en la memoria de su disco duro, y las reproducen cuando el escritor decide volver a verlas. Hasta son capaces de mandar las historias a otro ordenador donde alguien las abre y vuelven a vivir exactamente igual que antes. Para mandar su historia a otro sitio, la máquina de escribir necesita de la colaboración de un sobre, de un sello, de la mano del escritor que la pondrá en el buzón, de un tren que la llevará a su destino, del servicio de correos que la clasificará, de un cartero que la lleve a la dirección escrita en el sobre... Demasiados intermediarios. El ordenador, consigo mismo y con la ayuda de un cable, se basta y se sobra.
La máquina de escribir se asoma a la ventana, ve el abismo desde el octavo piso hasta la calle y piensa en suicidarse; tal vez así el escritor decida de una vez por todas comprarse un ordenador. Pero se imagina un amasijo de muelles, cinta de tinta, teclas y hierros aplastado contra la acera y considera que aquel no es el final más digno para una máquina de escribir.
Entonces llega el escritor con una gran caja, la deposita en el suelo, la abre: saca un monitor, un teclado, una CPU. ¡Es un ordenador! se dice alborozada la máquina de escribir. Pero su alegría se evapora enseguida, es consciente de lo que eso significa. Piensa que ya no será ella la que recibirá las caricias de los dedos del escritor sobre sus teclas, ya no escuchará las hermosas historias, ni aprenderá nuevas palabras. Y siente envidia, una gran envidia. Ahora, más que nunca, desearía ser un ordenador. Desearía ser ese ordenador que hay sobre esa mesa, porque ella ama las historias de su escritor. ¿Adónde la mandarán ahora? La tirarán a la basura. Acabará en un vertedero, destrozada, rodeada de mondas de naranja y de patatas, de cristales rotos y de inmundicia... Hubiera sido mucho mejor tirarse por la ventana. Al menos le hubiera arrancado unas lágrimas al escritor, seguro.
A partir de aquel día, el escritor utiliza muy a menudo el ordenador, la mesa camilla con la máquina de escribir es arrinconada en el cuarto de los trastos. Pero un día el escritor recuerda algo y va a buscarla. Lee el papel escrito del carro, el último tesoro que conserva la máquina de escribir. Se sienta delante de la máquina y teclea en ella. La máquina de escribir entra en éxtasis. De su cinta ya no salen las palabras del escritor. Salen las palabras que ha guardado en su corazón durante tanto tiempo:
"Te quiero, escritor. Amo tus historias. Te amo a ti. Quisiera servirte siempre. Te prometo que si escribes conmigo tus manos jamás se equivocarán, que podrás mandar tus historias tan lejos como quieras con solo pulsar una tecla..."
El escritor lee lo que ha escrito la máquina de escribir, perplejo. Él también ama aquella máquina de escribir con la que escribió sus primeros cuentos, el único recuerdo de los años duros, cuando era un muerto de hambre sobreviviendo en un cuartucho de mala muerte...
No va a devolver el ordenador. Pero retorna la máquina de escribir a su estudio y, de vez en cuando, escribe en ella. Alguien le ha dicho que los cuentos de la máquina de escribir son sus mejores cuentos. Él sabe porqué: no son solo suyos, son también de ella, su mejor colaboradora, la máquina de escribir. Y los escribe como ella le prometió, de un tirón, sin correcciones.
Su esposa lo mira, condescendiente, cuando se sienta en la mesa camilla:
- ¿Otra vez con esa vieja máquina? Te vas a dejar las manos y la vista y todo...
Él se encoge de hombros. Era la máquina de escribir de su padre, un hombre de negocios. No merece ser olvidada. La máquina de escribir sonríe, mira por la ventana abierta, y respira, respira hondo, aliviada de que todavía no haya llegado su hora.
lunes, 2 de noviembre de 2009
El niño de los castillos de arena

Esta es la historia de un niño que le gustaba hacer castillos de arena. Cuando iba a la playa, llevaba sus cubos, la pala y el rastrillo y se ponía a escarbar en la arena. La playa solo existía para eso, para levantar castillos, no le gustaba bañarse, ni que le mojaran las olas, ni correr por la orilla, ni jugar a la pelota. Su afición eran los castillos de arena y no perdía un segundo en ninguna otra actividad. De los cubos salían torres, con sus manos y la pala daba forma a murallas, almenas, fosos, pasadizos subterráneos… Algunas veces hacía churretones con arena mezclada con agua, que dejaba escurrir entre sus dedos para formar grupos escultóricos que se convertían en reyes con sus súbditos a sus pies, o en torreones que crecían hacia el cielo, con ese aspecto de derretirse, en el más puro estilo Gaudí. También los adornaba con plumas de gaviota o con conchas que encontraba en la orilla, que pasaban a decorar las ventanas y las puertas. Todos eran diferentes, y todos se parecían, pues la arena, los cubos, y las manos del niño los convertían en hermanos, hermanos que proceden del mismo padre y que se dan un aire de familia, pero que siempre son únicos, diferentes.
Al terminar la mañana, llegaba el momento de abandonar sus castillos y de lo peor, de limpiarse de arena. Llevaba arena por todo su cuerpo, hasta por la cara, hasta dentro del bañador… A él no le molestaba, pero sus padres no querían ver ni un minúsculo, grano, que luego lo manchaba todo… Y tenía que bañarse en el mar, entre las olas revoltosas que siempre le daban un revolcón y al salir del agua la arena volvía a pegársele de nuevo, así que otra vez debía meterse bajo la ducha de la salida de la playa, con lo fría que estaba el agua…
- Es que la arena quiere venirse conmigo a casa, para que haga un castillo en la terraza – decía el niño.
Pero sus padres no le dejaban, la arena debía quedarse en la playa para que la casa estuviera limpia y reluciente, así que nunca pudo levantar un castillo en la terraza…
A veces ponía muñequitos en el castillo, caballeros con armaduras, caballos, reyes, princesas y dragones. Los muñecos vivían sus aventuras entre aquellas paredes de arena. Los castillos eran atacados por ejércitos enemigos y destruídos con bolas de arena o pisoteados por despiadados gigantes.
Un día construyó un enorme castillo. Un castillo tan grande que podía entrar en él. Y entró por su puerta y recorrió sus pasadizos, y subió por la escalera que conducía a la muralla y se paseó por ella. Sintió la brisa en la muralla y contempló el mar. Ese mar que cada día destrozaba sus creaciones. En aquel castillo tan enorme se sintió fuerte y poderoso. Pero el mar es siempre mucho más fuerte. Una ola más grande que las demás derrumbó la torre sobre la que se encontraba, y él cayó en la blanda arena, medio enterrado.
Oyó como siempre los gritos apremiantes de su madre:
- ¡Carlos, corre a quitarte la arena, que pareces una croqueta!
Carlos corrió hacia el mar, con los restos de su castillo en su cabeza, en la espalda, en su tripa, en los brazos… Devolvió el castillo al mar, ese mar que siempre venía a buscar lo que consideraba suyo. Pero el niño sabía que el mar nunca podría llevarse una cosa: la semilla del nuevo castillo que crecía dentro de sí. Un nuevo castillo de agua y arena, bajo el sol de verano, mirando al mar. Y como un valeroso caballero que protege su gran tesoro, salió corriendo del agua, burlándose de las olas que le perseguían.
martes, 29 de septiembre de 2009
Las coquinas de Huelva
Las coquinas son unos moluscos bivalvos, finos y delicados, como una almeja alargada, pequeña y de tacto suave y resbaladizo, de color claro, con diferentes matices concéntricos. Se recoge mucho en las costas de Galicia y en algunos lugares del Mediterráneo cercanos a las desembocaduras de los ríos, como el Delta del Ebro, y en la provincia de Huelva .
En Huelva ha habido siempre muchas coquinas. Pero ahora ya no son tan abundantes, unos enormes carteles de SOS coquinas en las playas explican que la población de este molusco está disminuyendo y que su captura indiscriminada (cada vez se pescan ejemplares más pequeños) está poniendo en peligro de extinción a esta fina y bonita especie. Las coquinas las coge todo el mundo en la playa, los mayores y los niños, qué mejor, después del solecito y los baños de mar, que tomarse un aperitivo de coquinas o un arroz acompañado con ellas… Sí, una delicatessen… Pero eso es precisamente lo que piden que no se haga con ese clamoroso SOS coquinas: en principio, solo está permitida su pesca a los mariscadores con licencia y se pide a los playeros que se abstengan de pescarlas para no agravar más el problema. Pero ya os digo: nadie hace caso. En las playas de Huelva los paseantes por la orilla del mar se inclinan constantemente, a pesar de la amenaza de lumbalgia, para recoger las coquinas; es gracioso ver a algunos ejecutando un curioso baile con el pie semejante a un twist, para escarbar en la arena y extraer a los pequeños molusquitos indefensos, que luego introducen en una botella de plástico con agua de mar para que se conserven mejor hasta la hora de la comida. ¿Cómo no vamos a coger coquinas?, se preguntan, si las tenemos aquí al alcance de la mano. Parece que los carteles de SOS coquinas aún incitan más a la gente a su captura; a los de la zona, que las conocen, porque se dicen sin vergüenza y con descaro, ¿quién nos lo va impedir, si lo hemos hecho siempre, si están buenísimas, si total solo cogemos unas pocas, si hay tantas que como se van a acabar…? Y el que viene por aquí y las descubre, se dice muy ufano: ¿así que esto se come? ¿y es un manjar delicioso y además gratis…? ¡A por ellas!
Así que el panorama es bastante desalentador para las pobres coquinas, no tienen manera de defenderse de estos humanos arrasadores, están ahí enterradas en la arena y con solo escarbar un poco, llega la mano a la que no pueden dar ni un miserable mordisco, y zas, a la botella de plástico. Estos humanos ni siquiera temen una toxina que algunas veces llevan las coquinas producida por un alga microscópica y que produce diarreas y en los casos más graves hasta parálisis, y de la que han alertado también las autoridades sanitarias andaluzas, para que solo se consuman las coquinas que han pasado un control sanitario. Nada. Ahí siguen dale que te dale al pie, y a la mano, para desenterrarlas, atraparlas sin piedad, meterlas a la botella y de allí directas al puchero… Frescas, frescas, del día, delicioso marisco fresco y al alcance de todos…
El espectáculo del mariscador profesional merece más respeto. Tuvimos la oportunidad de ver a alguno trabajando por la playa de Punta del Moral y en Isla Canela. Se introducen en el mar con un aparejo de pesca denominado rastro, que empujan por el fondo del mar, es como una jaula rectangular con una red al fondo, que lleva un palo para sujetarlo y moverlo, y que el mariscador lleva atado con un cinturón.


Arrastrar el rastro por el fondo del mar mientras se camina hacia atrás, no parece ser un trabajo cómodo, no señor. Mientras el turista está ahí tumbado en la hamaca regocijándose de las treinta o cuarenta coquinas que ha atrapado en la botellita, el mariscador se fanea la orilla de uno a otro extremo, sin descanso, para ganarse la vida y además, paga su licencia que le da permiso para su captura. El rastro, como la propia palabra dice, arrastra todo lo que pilla, que se queda atrapado en la red. Cuando está lleno, el mariscador sale a la orilla y un buen montón de curiosos playeros le rodeamos para ver qué ha pescado. Nuestro mariscador se quitó la camiseta y la extendió sobre la arena y fue separando lo que había en el rastro: sobre la camiseta, echaba las coquinas buenas, en la arena, las conchas vacías, estrellas de mar y otros restos que habían sido atrapados también.

Los niños recogían las diminutas estrellas de mar vivas con sus manecitas y las devolvían al mar, en un acto de amor por los animalitos que en el fondo constituye un buen hacer medioambiental.

La camiseta quedó llena de coquinas, que el mariscador introdujo en una bolsa de red blanca. Esta bolsa la llevan también colgada del rastro y bajo el agua (así las coquinas siempre están en agua de mar mientras sigue mariscando). Se puso de nuevo la camiseta y se metió con su rastro para comenzar de nuevo el arrastre. Y así toda la mañana.
En fin, mejor sería que dejáramos a los mariscadores hacer su trabajo y que los veraneantes se volvieran a su tumbona y pagaran el aperitivo de coquinas en el chiringuito, o en el mercado, si van a preparar una paella en el apartamento, o dentro de poco las coquinas sólo serán una bonita y diminuta concha vacía en los museos marítimos.
martes, 15 de septiembre de 2009
lunes, 14 de septiembre de 2009
Atardecer en Isla Canela, Huelva
Lo mejor del día llegó al final de la tarde, después del calor, los cabreos para salir de Sevilla con el coche alquilado de Avis, que nos costó salir una hora, y eso que solo nos equivocamos una vez, pero aquí en cuanto te metes en una de estas avenidas largas no encuentras donde cambiar de sentido si te has equivocado… Y todo ello a la maravillosa temperatura de 40º, (pues aunque lleve aire acondicionado el coche te da igual cuando te va dando el sol todo el rato) y con un tráfico horroroso; para llegar a Punta Umbría a comer también nos confundimos y hubo que dar media vuelta.
Bueno pues todo tiene su recompensa, cuando llegamos a Isla Canela y nos dimos un bañito en aquella playa que con la marea baja entrabas y entrabas en el mar y nunca cubría, llegamos hasta la lejana boya blanca y seguía sin cubrir, apenas nos llegaba el agua por debajo del ombligo, - maldita sea, ¿donde está el mar de verdad? -. Pero el agua estaba fresquita mas no helada, daba gusto después del calor que habíamos pasado, una gozada, pero esto no fue lo mejor, no.
Lo mejor vino cuando dimos un paseo por la playa, era ya la hora mágica del atardecer y aquella tarde era mágica de verdad, hacia poniente el sol se había escondido tras el montecillo y el cielo estaba anaranjado, mientras que al lado opuesto una hermosa y gordísima luna llena, que lucía un rostro rosa pálido, presidía una laguna de color rosado un poco más subido, y el cielo aparecía entre gris y azul claro. Parecía que estuviéramos en otro mundo, un mundo donde los colores se hubieran vuelto locos, a nuestra derecha la luna delicada con una laguna rosa a sus pies, lisa como un espejo y a nuestrao izquierda el naranja intenso, que se iba volviendo cada vez más fuerte, tanto que las líneas de mar entre las penínsulas de arena oscura parecían coladas de lava ardiendo bajo el polvorín anaranjado de un volcán. Conforme el poniente cobraba fuerza y calidez, la luna se volvía más y más blanca, por fin entregó su reflejo en el mar y rieló con delicadeza sobre el rosa y el gris. La laguna rosa, el rielar blanco, el reflejo caprichosamente ovalado de la luna, el rojo intenso del volcán... El momento perfecto, la luz adecuada, la foto perfecta y nosotros sin una miserable cámara de fotos, la reflex en el apartamento y las cámaras pequeñas también...
Que la memoria recuerde siempre este momento de colores irreales y opuestos, de pies mojados sobre la arena, de brisa caliente que nos azotaba el cuerpo al regreso, soplando desde el interior de la tierra, momentos de palidez, color, calor agradable, momentos increíbles…
Bueno pues todo tiene su recompensa, cuando llegamos a Isla Canela y nos dimos un bañito en aquella playa que con la marea baja entrabas y entrabas en el mar y nunca cubría, llegamos hasta la lejana boya blanca y seguía sin cubrir, apenas nos llegaba el agua por debajo del ombligo, - maldita sea, ¿donde está el mar de verdad? -. Pero el agua estaba fresquita mas no helada, daba gusto después del calor que habíamos pasado, una gozada, pero esto no fue lo mejor, no.
Lo mejor vino cuando dimos un paseo por la playa, era ya la hora mágica del atardecer y aquella tarde era mágica de verdad, hacia poniente el sol se había escondido tras el montecillo y el cielo estaba anaranjado, mientras que al lado opuesto una hermosa y gordísima luna llena, que lucía un rostro rosa pálido, presidía una laguna de color rosado un poco más subido, y el cielo aparecía entre gris y azul claro. Parecía que estuviéramos en otro mundo, un mundo donde los colores se hubieran vuelto locos, a nuestra derecha la luna delicada con una laguna rosa a sus pies, lisa como un espejo y a nuestrao izquierda el naranja intenso, que se iba volviendo cada vez más fuerte, tanto que las líneas de mar entre las penínsulas de arena oscura parecían coladas de lava ardiendo bajo el polvorín anaranjado de un volcán. Conforme el poniente cobraba fuerza y calidez, la luna se volvía más y más blanca, por fin entregó su reflejo en el mar y rieló con delicadeza sobre el rosa y el gris. La laguna rosa, el rielar blanco, el reflejo caprichosamente ovalado de la luna, el rojo intenso del volcán... El momento perfecto, la luz adecuada, la foto perfecta y nosotros sin una miserable cámara de fotos, la reflex en el apartamento y las cámaras pequeñas también...
Que la memoria recuerde siempre este momento de colores irreales y opuestos, de pies mojados sobre la arena, de brisa caliente que nos azotaba el cuerpo al regreso, soplando desde el interior de la tierra, momentos de palidez, color, calor agradable, momentos increíbles…
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