lunes, 30 de enero de 2017

Como una novia




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Nunca me gustaron los vestidos de volantes, mi madre me los ponía los domingos de vacaciones en el pueblo y yo los odiaba, porque con ellos debía portarme como una señorita. A mí eso de ser una señorita me parecía un rollo, lo que de verdad me gustaba era correr contigo hasta el río y convertirnos en piratas, o vivir en un árbol y ser exploradores de la jungla. Para todo aquello, los volantes eran un engorro. Además, tenía miedo de que un día esos vestidos acabaran convirtiéndome en lo que yo más detestaba: una princesa. En la boda de mi prima estrené otro vestido y todos dijeron que también yo parecía una novia, sin embargo me sentía como una rana en el salón de baile de un palacio. Pero en el fondo disfrutaba con los halagos, sobre todo cuando venían de los chicos. Tú estabas en un rincón mirándome, sin decir palabra. No te atrevías a acercarte y aquello me mosqueaba. Así que te cogí de la mano y te arrastré hacia el corral. “Dime la verdad”, te pregunté, “¿a ti te gusto así?”. Y me dijiste: “Yo siempre seré amigo tuyo, aunque lleves vestido, pero solo me casaré con la chica que se sube a los árboles”.

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Para la última propuesta de los viernes creativos de Ana Vidal en el bic naranja, inspirado en la foto, pero sin utilizar ni un adjetivo.

1 comentario:

Miguel Ángel Pegarz dijo...

Me gusta, quizá el cierre lo que menos.