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| foto de Pedro Rovira Tolosana |
La navidad me pilló en calzoncillos, con calcetines y sin afeitar. Las lucecitas de las calles me hacían guiños mentirosos de felicidad y la multitud corría de aquí para allá buscando el regalo miserable para su abuela o para su sobrino o para su novia... Me acordé de la generosidad de mi tía, que cada Nochebuena compartía su polvorón, mitad para ella, mitad para la dentadura postiza, y al cantar Campana sobre campana, escupía esa segunda mitad como una lluvia equitativa entre los que la rodeábamos. Angustiado, fui a buscar el consuelo de mi botella de whisky (que ya estaba más que medio vacía).
De repente, hubo un apagón, y todo se quedó a oscuras.
A tientas me asomé a la ventana, alcé los ojos al cielo y descubrí algo que me dejó boquiabierto: por fin podía ver las estrellas, las auténticas, desde mi casa. Entre carcajadas, un grito salió de mi garganta: ¡Feliiiiiz Navidaaaaad!