...soplando el globito
miércoles, 13 de octubre de 2010
domingo, 3 de octubre de 2010
El colegio... ¡Buf!
El primer día de clase, con cuatro años, lloré mucho, yo no quería separarme de mi madre. Me metieron en una clase de diminutos como yo y me sentaron al lado de dos niñas en una mesa redonda de nuestro tamaño, con sillitas alrededor. Las niñas quizá eran Cristina y Yolanda, luego mis grandes amigas, aquel día creo que fue Cristina la que me dijo "no llores" y Yolanda le dijo "Déjala, déjala tranquila" como si llorar fuera natural y supiera que tarde o temprano se me pasaría. Mi madre siempre contaba que cuando en casa me preguntó si había dejado de llorar enseguida yo le contesté toda seria y muy digna: "Me he callado cuando he querido".
No sé, quizá pensaba que eso de la escuela era una traición de mi madre… Nuestro mundo era mucho mejor que el colegio.
Yo llevaba bastante mal lo del cole. En casa se estaba mucho mejor, podías hacer lo que quisieras, pero en el cole había una "señorita" a la que había que obedecer y muchos niños con los que lidiar. Yo era de las niñas buenas, de las que obedecen para no meterse en líos, no me gustaba lo que les pasaba a los otros cuando se portaban mal. El caso es que el mundo del cole no era mi ambiente..
Para desahogarme, en casa jugaba con mis muñecos a la escuela. Los ponía en filas delante de mi pizarra, yo era la maestra y al que ese portaba mal le pintaba la cara o lo ponía cara a la pared, o si era uno de los muñecos que no me gustaban le pegaba un mamporro… Con el mismo mal genio que mis profesoras.
Recuerdo esconderme en casa a la hora de salir por la mañana para que mi madre no me encontrara y así perder el autobús del colegio. Pero mi madre me encontraba, detrás de una puerta o de donde fuera y corríamos escaleras abajo (siete pisos, el ascensor solo era de subida) y pillábamos el autobús por los pelos.
Quizá lo más bonito del cole era el autobús, blanco con muñequitos de Carlitos en cuyos globos los monigotes decían los distintos niveles que impartía el colegio "preescolar" "primero…" " segundo…" "tercero…", "cuarto…", "Hasta ingreso…". Aquello para mi época ya estaba obsoleto, pues yo era ya de la EGB… Los asientos eran de respaldo bajo, pensados para los niños, forrados de eskai marrón caguerilla y eran los únicos autobuses para niños que llevaban cinturón de seguridad, en aquellos tiempos una simple correa de cuero, como un cinturón de pantalón que nos ataban con una hebilla por delante de los tres chicos que nos sentábamos en el asiento.
Una tarde, después de comer, me tumbé en el sofá y me quedé con los ojos cerrados. Todos creían que me había quedado dormida y oía a mi madre decir: "Mírala que a gusto duerme, cómo la vamos a despertar… Bueno, por una tarde que no vaya al cole…" Y así pasó la hora de coger el autobús y luego yo hice como que me despertaba y esa tarde fue una tarde más de libertad.
Desayunaba en la cocina con el reloj en la pared enfrente de mí haciendo pasar rápidamente el tiempo, eran las nueve y cinco y de repente ya eran las nueve y veinticinco y había que salir corriendo para coger el autobús. Mi madre me encorría para que desayunara deprisa. Pero había que masticar lentamente y beberse el riquísimo cacao Suchard de caja azul, con azúcar, y eso llevaba su tiempo.
En el desayuno me gustaba jugar a la ballena. Echaba una galleta en la leche, que hacía de barco y trocitos de galleta encima que eran los navegantes, enseguida todo se ablandaba y entonces llegaba la ballena o sea yo y me iba comiendo a los marineros y el barco y todo con mi gran boca, pescándolos con la cuchara.
Bollos de jamón de york
Recuerdo los deliciosos y enormes bollos cubiertos de azúcar que me preparaba mi madre de almuerzo para el cole en preescolar. Los abría por la mitad, los untaba de mantequilla y les ponía un filete de jamón de york. Afortunadamente yo era alta, porque cuando llegaba el recreo y sacaba mi tentador bollo, siempre tenía a mi alrededor a un montón de niños que querían darle un mordisco, así que yo estiraba mi brazo bien arriba para que no me lo quitaran. La selva, el colegio era la ley de la selva.
lunes, 20 de septiembre de 2010
Labordeta
Se nos ha ido Labordeta, nos ha dejado huérfanos a todo Aragón. Sus palabras, su voz, su aliento, su integridad, quedarán en nuestro recuerdo y nos darán fuerzas para construir ese Aragón con el que él soñaba, esa tierra que ponga libertad...
Habrá un día en que todos
al levantar la vista
veremos una tierra
que ponga libertad
Un beso y un abrazo desde lo más hondo de mi corazón para un hombre que ha sido querido por todos.
Habrá un día en que todos
al levantar la vista
veremos una tierra
que ponga libertad
Un beso y un abrazo desde lo más hondo de mi corazón para un hombre que ha sido querido por todos.
sábado, 11 de septiembre de 2010
viernes, 20 de agosto de 2010
Fondo de escritorio

Tengo una foto de una playa de Asturias como fondo de escritorio en el ordenador del trabajo. Cada vez que la miro, me entran ganas de zambullirme de cabeza en esas maravillosas aguas verde esmeralda que se convierten en azul intenso en la lejanía. Siento la arena blanca y fina de la playa bajo mis pies mientras paseo junto a la orilla y juego a no dejarme alcanzar por las olas. El agua está fresca, vivificante, el sol acaricia mi piel y me empuja al agua.
Nunca había tenido una foto personal en el ordenador del trabajo y la verdad es que es un pequeño escape en la rutina diaria: por un instante te encuentras reviviendo las vacaciones pasadas y soñando con nuevos destinos en playas y montañas verdes llenas de vida. Es como una ventana abierta al mundo de los sueños. Pone una nota de color a los números, las hojas de Excel y los correos electrónicos aburridos. Voy a volver a zambullirme un rato en el azul intenso, en el verde esmeralda.
martes, 17 de agosto de 2010
Nadar como Tarzán
Recuerdo las películas de Tarzán. El magnífico Johnny Weismuller llamando a los animales con su potente grito. Los elefantes le contestaban barritando como locos. Mi primo y yo, después de ver una de sus películas, jugábamos en la piscina municipal. ¡Vamos a nadar como Tarzán!, decíamos. Y nadábamos primero a crowl, luego nos dábamos la vuelta para nadar a espalda, luego otra vez a crowl, vuelta y vuelta, sin parar. Indudablemente, Johnny lo hacía mejor, pero como hijos de Tarzán no teníamos competencia. Cuánto hubiéramos dado por saltar de árbol en árbol colgados de lianas, por tirarnos desde las lianas en ríos llenos de cocodrilos, por montar sobre un elefante que agitaba las orejas como abanicos al correr, por vivir en una casa en los árboles... Sin embargo, lo único que podíamos hacer era nadar como Tarzán. Aún me gusta nadar como Tarzán. Prueben. Produce una sensación de libertad indescriptible.
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