viernes, 29 de junio de 2012

Estatua en el mar

Foto de Pedro Rovira Tolosana


En la playa, con los pies encallados en la arena, las olas batiendo sus piernas velludas, el viejo marinero con bañador de pantalón corto y gorra de capitán miraba en lontananza hacia el mar infinito. El bastón hundido en la arena, sobre el que descansaban cómodamente las manos, servía de tercer punto de apoyo para ese cuerpo grueso cuya barriga prominente se adelantaba sobre las olas. Un dragón tatuado en la espalda abría la boca en su omoplato derecho, arrojando la cola de escamas por el brazo musculoso. Más tatuajes floridos en la paletilla izquierda y un caos de  corazones, sirenas y anclas, con ese tono verdoso que adquieren los tatuajes añosos, se desparramaban por la ancha espalda tostada por el sol. Resultaba curiosa aquella figura inmóvil entre los turistas de verano, como una estatua clavada en la arena, un homenaje a los hombres del mar.
En aquellos ojos perdidos en el horizonte se adivinaba el temor a la furia desatada de las olas en las tormentas, el surcar veloz y seguro de un velero a barlovento, la brisa cálida de los mares del sur o la calma chicha que convierte el mar en una bandeja de plata lisa y pulida como un espejo. Esos mismos ojos que habían visto salir y ponerse el sol en todos los océanos del mundo ahora se bañaban en el azul luminoso y manso del Mediterráneo, impregnándose de la eterna esencia del mar, de su olor salado y arenoso, con una serenidad exquisita que no se alteraba ni con los gritos de los niños que jugaban a su lado saltando las olas, ni con los paseantes playeros que pasaban y traspasaban su persona, unas veces por delante, otras por detrás, mirándole unos con curiosidad, otros con respeto.
El peso de los años se apoyaba en ese bastón, que además lo anclaba en la arena como si el deseo último de aquel hombre fuera no despegarse de esa orilla donde las olas rompían mansamente y que cada vez hundían más sus pies en la humedad arenosa que los abrazaba. El mar a su vez quería hacer suya aquella estatua, incorporar a su seno la historia de aquel marino, que podía contar tanto cuentos de naufragios como de hombres que vencen la bravura de las aguas.
Me quedé contemplando aquella estatua, bajo la inclemencia del sol. Mi espalda adquirió el tono de los cangrejos, mientras él permanecía impasible y ajeno al bullicio de agosto, con su espíritu tan lejos de aquella playa como cercano a sus íntimas travesías surcando los mares. Del mar salían recuerdos que lo vestían con caracolas escondidas en su barba rizada, con ostras que bordaban de perlas su gorra azul marino, con sirenas que abrazaban su espalda y calamares gigantes que lo rodeaban con sus tentáculos. Del hombre salía el deseo de tener al mar siempre cerca, de no perderlo nunca. Porque si se perdía aquel hombre no se perdería el mar, pero si se acababa el mar, se acababa el hombre. Por eso no se movía. Por eso quería ser una estatua. Por eso cuando me fui a comer y volví al atardecer, allí seguía. Por eso la luna lo bañó con su luz de plata.
Por eso al día siguiente, ya no estaba allí. El mar lo había engullido, lo había hecho suyo y hablaba con su gorra de marino, con sus ojos azules y soñadores llenos de gaviotas, con su barba plateada flotando en la espuma de las olas.

4 comentarios:

Elysa dijo...

Precioso cuento, Puri. Es muy visual, me ha parecido estar allí, al lado del viejo marino, he visto sus tatuajes y la manera de mirar al mar allí apoyado sobre su bastón. Me ha gustado mucho.

Besitos

Puri dijo...

Elysa, gracias, vi a este personaje en la playa y me pareció un viejo lobo de mar que merecía una historia que contar. Necesitaba describirlo tal como lo vi.

Arte Pun dijo...

Bonita historia Puri, he visto cómo el mar lo hacía suyo, y cómo él decidía quedarse.

Gracias. Un abrazo

Puri dijo...

Gracias José Luis, el mar atrae y se traga a sus personajes. Abrzzos