sábado, 15 de junio de 2013

Invisible

Mis dibus

Me despierto atrapada en uno de esos laberintos de cristal que tanto me angustiaban de niña. Los tabiques transparentes me aíslan del mundo. Oigo las voces, las conversaciones de la gente, pero aunque grite, ellos no me escuchan, y tampoco parecen verme, sus miradas me traspasan, como al cristal. A cada paso me topo con una pared transparente desde la que contemplo con envidia como fuera charlan, se abrazan, ríen. Cuanto más avanzo, más me encierro. Aquí, donde nadie desea entrar y de donde yo no puedo salir.

Sé que el secreto para escapar estriba en la conversación, pero la palabra me huye y el aislamiento me atrapa. Un vacío envolvente en cada esquina, una soledad que se traga mi voz me devora entera. Recorro los pasadizos, largos, cortos, que se cruzan y se descruzan, intrincándome cada vez más en mi laberinto. A pesar de ello, mantengo una esperanza, carcomida por la ansiedad, de poder salir. Exhausta, me detengo. Me enfrento al cristal, mi enemigo. Aspiro el aire enrarecido del laberinto y lo expulso gritando: ¡c-r-a-s-h! La onda expansiva derrumba uno a uno los cristales; pisoteando los añicos, cris, cras, cris, cras, corro en pos de esos que ahora me dan la espalda.

2 comentarios:

Susana Camps dijo...

Un escenario de pesadilla que contagia angustia por su verosimilitud, por sus silencios, por sus onomatopeyas. Consigues que nos sintamos verdaderamente dentro al reproducir con tanta vivacidad la experiencia de la exclusión en medio del ruido. Y la persecución final no tranquiliza nada...
Abrazos, Bruja.

Puri dijo...

Gracias, Susana, por la visita. Me alegro de haberte metido en el laberinto, pero tú has podido salir...