martes, 15 de mayo de 2012

El día en que convertí a mi padre en cucaracha


El día en que convertí a mi padre en cucaracha estábamos comiéndonos un helado con mi hermana en una popular heladería del centro. La cucaracha correteaba alrededor de nuestros pies y nos producía un asco horrible; mi hermana, sin poder soportarlo, se había subido a la silla y el helado le chorreaba por la mano y el brazo, pues su atención se enfocaba únicamente en el escarabajo. En realidad tuve un pronto, debería haberlo pensado más detenidamente cuando lo transformé, porque la cucaracha nos daba tanto asco que no éramos capaces de pisarla para acabar con ella. Me acordaba de mi tía cuando decía que sólo de pensar en el crujido de una cucaracha bajo su zapato, se le  encogían los dedos de los pies y se le ponían todos los pelos de punta. Mejor habría sido convertirlo en gusano, pisarlo y espachurrarlo resultaba más natural. Claro que un gusano de esos que se desplazan acercando su parte posterior a la cabeza dibujando un lazo y que luego estiran todo su cuerpo para avanzar, resultaba tan gracioso que tampoco me habría gustado aplastarlo. Todo eso pensaba mientras mi padre correteaba con sus nerviosas patitas en círculos erráticos bajo nuestros pies y la gente gritaba, gritaba por un simple bicho negro de tres centímetros… Sin embargo nadie había gritado cuando él estaba sentado ahí en la silla, lamiendo la cuchara de su tarrina de helado, recriminándonos una vez más que seguíamos siendo, a nuestra edad, unas infantilonas porque nos gustaba comernos el helado en cucurucho…

Entonces llegó el heladero, con su delantal blanco y su fli-fli anti-cucarachas, roció al bicho que empezó a girar como un poseso, se dio la vuelta, volvió a saltar boca abajo (como buen escarabajo) y luego panza arriba de nuevo; estiró una pata, estiró la otra, dejó de mover las seis…
Y una gran calma se hizo en nosotras, a pesar de la gente que salía espantada, de la bulla que nos rodeaba, a pesar de que era el fin de todo, a pesar de esa lágrima que pugnaba por salir de mis ojos desde la garganta muda. Mi hermana me dio la mano, la ayudé a bajar de la silla, nos miramos a los ojos y nos abrazamos con los ojos llorosos.

Los clientes se marchaban diciendo: yo no me como ahí un helado, qué asco, a saber como está lo de dentro, imagina el almacén, porque no sabían que aquella cucaracha no pertenecía al local, no, aquella cucaracha era mi padre y ni siquiera íbamos a poder darle sepultura, porque el heladero ya la había escobado y subido al recogedor y se iba con ella camino del cubo de basura. Y porque aun en el caso de que le hubiéramos pedido que nos la entregara, que nos la pusiera por ejemplo en una tarrina de helado, en una funeraria habrían tenido muchos problemas para retocar a una cucaracha hasta dejarle un aspecto parecido a nuestro padre, cielos, menudo trabajito. ¿Y qué le íbamos a decir a mi madre?

—Vamos a llevarle un helado a mamá, con cucurucho, que es como a ella le gustan – dijo mi hermana.

Y a mí me pareció la mejor solución, a veces mi hermana tenía ideas geniales. Hacía lustros que mi madre no se comía un helado. De turrón, su preferido.

—¡Mamá, te hemos traído un helado! —dijo mi hermana con alegría mientras montaba en la cocina la bola de helado sobre el cucurucho.
—¡Qué rico! ¡Ay, si hacía tiempo que no disfrutaba tanto…! Y aquí, con mis hijitas…
Y cuando terminó el helado, saboreando el crujiente barquillo, dijo lo que tantas veces habíamos oído:
—Es que lo más rico es el cucurucho.
—¿Y vuestro padre donde anda? –preguntó luego— ¿Ya está en el sillón con la tele?
—No mamá, papa… —comenzó mi hermana.
—Papá no volverá ya —me apresuré a decir.
—¿Que no volverá?
—Lo mató… —comencé a contar.
—…el heladero… — dijo mi hermana.
—¿Qué dices?
—Ya sabes, estaba gritándonos como siempre…
— …decía que nunca íbamos a dejar de ser niñas, que siempre con el cucurucho…
—Y yo ya no pude aguantar más… Y lo convertí en cucaracha.

Mi madre se llevó las manos a la boca abierta:
—¿Cómo habéis sido capaces de…?
—Mamá, tú nos obligaste a ello. Tú debiste haber acabado con él hace mucho, mucho tiempo.


7 comentarios:

Javier dijo...

Un relato muy bueno, aunque algo agobiante. !Qué miedo¡. No sé si tendré valor para gritar a mis hijos la próxima vez. Ya podías haber escogido a la madre, que por regla general gritáis más. Un beso

Arte Pun dijo...

La frialdad de las hijas cargándose al padre cuando les compra un helado, supera cualquier atisbo de complicidad, y el detalle del cucurucho se muestra ínfimo. Parece evidente que terminará matando a la madre y a la hermana, y a buen seguro a los vecinos de arriba, aunque también podría morir ella de un empacho de helado.¡Qué ricura de niñas -hijitas-!
Un abrazo Puri.

Mar Horno dijo...

Pues el detalle del cucurucho es nímio pero yo creo que encierra una realidad más negra, de malos tratos o abusos sobre ellas mismas o sobre la madre. Entonces, está bien haber matado a esa cucaracha. Un abrazo.

Pablo Gonz dijo...

Hola a tod@s, dejo aquí una nota para invitaros a participar en la selección de los mejores blogs especializados en el género del microrrelato. Las votaciones se llevarán a cabo en mi blog hasta el próximo 20 de junio 2012. Y los resultados se publicarán el 21, Día Internacional del Microrrelato.
Un cordial saludo,
PABLO GONZ

Puri dijo...

Tranquilo Javier, que tu eres un padrazo, algunas madres también se merecen que las conviertan en cucarachas, claro.

Arte Pun y Mar, el detalle del cucurucho es nimio, pero como intuye Mar, es la gota que colma el vaso...

Elysa dijo...

Creo que el detalle del cucurucho es el que da las pistas de porque se transforma al padre.
Es escalofriante por el tono en el que está contado.

Besitos

Javine dijo...

Excelente lectura