lunes, 2 de noviembre de 2009

El niño de los castillos de arena


Esta es la historia de un niño que le gustaba hacer castillos de arena. Cuando iba a la playa, llevaba sus cubos, la pala y el rastrillo y se ponía a escarbar en la arena. La playa solo existía para eso, para levantar castillos, no le gustaba bañarse, ni que le mojaran las olas, ni correr por la orilla, ni jugar a la pelota. Su afición eran los castillos de arena y no perdía un segundo en ninguna otra actividad. De los cubos salían torres, con sus manos y la pala daba forma a murallas, almenas, fosos, pasadizos subterráneos… Algunas veces hacía churretones con arena mezclada con agua, que dejaba escurrir entre sus dedos para formar grupos escultóricos que se convertían en reyes con sus súbditos a sus pies, o en torreones que crecían hacia el cielo, con ese aspecto de derretirse, en el más puro estilo Gaudí. También los adornaba con plumas de gaviota o con conchas que encontraba en la orilla, que pasaban a decorar las ventanas y las puertas. Todos eran diferentes, y todos se parecían, pues la arena, los cubos, y las manos del niño los convertían en hermanos, hermanos que proceden del mismo padre y que se dan un aire de familia, pero que siempre son únicos, diferentes.


Al terminar la mañana, llegaba el momento de abandonar sus castillos y de lo peor, de limpiarse de arena. Llevaba arena por todo su cuerpo, hasta por la cara, hasta dentro del bañador… A él no le molestaba, pero sus padres no querían ver ni un minúsculo, grano, que luego lo manchaba todo… Y tenía que bañarse en el mar, entre las olas revoltosas que siempre le daban un revolcón y al salir del agua la arena volvía a pegársele de nuevo, así que otra vez debía meterse bajo la ducha de la salida de la playa, con lo fría que estaba el agua…


- Es que la arena quiere venirse conmigo a casa, para que haga un castillo en la terraza – decía el niño.


Pero sus padres no le dejaban, la arena debía quedarse en la playa para que la casa estuviera limpia y reluciente, así que nunca pudo levantar un castillo en la terraza…


A veces ponía muñequitos en el castillo, caballeros con armaduras, caballos, reyes, princesas y dragones. Los muñecos vivían sus aventuras entre aquellas paredes de arena. Los castillos eran atacados por ejércitos enemigos y destruídos con bolas de arena o pisoteados por despiadados gigantes.


Un día construyó un enorme castillo. Un castillo tan grande que podía entrar en él. Y entró por su puerta y recorrió sus pasadizos, y subió por la escalera que conducía a la muralla y se paseó por ella. Sintió la brisa en la muralla y contempló el mar. Ese mar que cada día destrozaba sus creaciones. En aquel castillo tan enorme se sintió fuerte y poderoso. Pero el mar es siempre mucho más fuerte. Una ola más grande que las demás derrumbó la torre sobre la que se encontraba, y él cayó en la blanda arena, medio enterrado.


Oyó como siempre los gritos apremiantes de su madre:


- ¡Carlos, corre a quitarte la arena, que pareces una croqueta!


Carlos corrió hacia el mar, con los restos de su castillo en su cabeza, en la espalda, en su tripa, en los brazos… Devolvió el castillo al mar, ese mar que siempre venía a buscar lo que consideraba suyo. Pero el niño sabía que el mar nunca podría llevarse una cosa: la semilla del nuevo castillo que crecía dentro de sí. Un nuevo castillo de agua y arena, bajo el sol de verano, mirando al mar. Y como un valeroso caballero que protege su gran tesoro, salió corriendo del agua, burlándose de las olas que le perseguían.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Los castillos de la playa duran un verano, los de verdad una Edad Media ¿no es la edad de hacer castillos la que nos lleva a visitarlos y buscar en ellos lobregas mazmorras, pasadizos subterraneos y cuevas de dragones?

Puri dijo...

visitar un castillo siempre nos lleva a los reinos de la fantasía...