viernes, 1 de mayo de 2009

Una ardilla, deiciséis ciervos, dos cabras monteses y un mochuelo


Foto de Pedro Rovira Tolosana



Ese es el balance bichológico de un día por la serranía de Cuenca... La ardilla la vimos por la mañana en la carretera, cuando nos dirigíamos hacia Vega del Codorno, cruzó la carretera y corrió a encaramarse a un pino. Antes (y esto ya no está en el título de esta entrada, porque si no ya resultaba muy largo) nos habían saludado una pareja de caballos, que también iban de paseo por la carretera, en la provincia de Guadalajara. Estaban en mitad de la carretera y tuvimos que parar el coche, mientras ellos remoleaban tranquilamente; les dijimos hola, ¿qué tal están?, buena la hierba de esta zona, ¿no? Casi creí que uno de ellos iba a meter la cabeza dentro del coche, pero había cerrado la ventanilla... Luego se alejaron, carretera atrás, sin que nos dieran la oportunidad de hacerles una buena foto. Unos kilómetos antes, nos habíamos cruzado por estas carreteras tan estrechas y sinuosas con un burro metido en un coche que iba a toda pastilla, derrapando en las curvas, y que casi se nos lleva puestos... Si a este le salen los dos caballos, se estampa con ellos, pobrecillos. Pero este tipo de fauna, la de los burros con dos patas en coches de cuatro ruedas, no merece más que nuestro desprecio.


Continuamos la jornada comiendo junto al Río Cuervo, dimos un paseo para ver la cascada, sus aguas transparentes y su nacimiento, un lugar precioso y encantador. Había paz y tanquilidad, poca gente (era jueves), tres o cuatro coches en la zona de aparcamiento. Por la tarde nos fuimos al pueblo de Tragacete y en la carretera vimos, para empezar, tres ciervos, o quizá corzos, no estaba muy claro, estaban un poco lejos...


A última hora de la tarde, tomamos una carreterilla hacia Las Majadas, una “via de saca” de extracción de la madera, se trataba de una estrecha pista asfaltada entre un bosque de pinos altos, altísimos. A la izquierda de la carretera quedaba el río Escabas encajonado entre los pinos. Allí comenzamos a divisar más ciervos en el bosque a nuestro paso: primero dos en la entrada de la pista, un poco más adelante, otros tres más. Con los de antes, estos suman ya ocho ciervos.


Dejamos el coche para caminar un poco, armados con nuestros prismáticos y el teleobjetivo de caza fotográfica y tomamos una pista de tierra que ascendía levemente. A pesar de que el niño iba pateando piñas y haciendo un ruido impresionante y que su padre no hacía más que decirle que dejara de patear, que así no íbamos a ver ningún bicho, unos metros más adelante divisé algo al fondo, en la siguiente curva del camino, y con los prismáticos comprobamos que se trataba de una cabra montés, y detrás una cierva y otra cabra montés. Guardamos silencio total. Como nuestro camino ascendía, nosotros quedábamos más abajo, por eso no debieron vernos y la cabra que se encontraba más cerca continuó comiendo como si nada mientras los observábamos. La otra cabra enseguida se marchó trotando. La cierva de detrás, de la cual solo veíamos un poco del lomo y la cabeza, estaba algo mosqueada, debió oírnos y no dejaba de mirar hacia nosotros con las orejas muy tiesas. Nuestro aguerrido cazador, Pedro, se acercó un poco más para fotografiarlas mejor. Nosotros permanecimos quietos, observando con los prismáticos. Pedro consiguió acercarse, aunque no tanto como hubiese querido. Pudo conseguir alguna foto, pero enseguida la cierva tomó las de Villadiego; sin embargo la cabra continuó mirando, alerta, hasta que al fin se marchó también monte abajo.



Y con éstas van ya nueve ciervos y dos cabras.



Descendimos otra vez la pista de tierra, montamos en el coche y regresamos por la carretera. Cruzaron nuestro camino tres más, corriendo, y saltando con elegancia, escapando monte arriba. Ya van doce...



Por último en una zona donde se abría el bosque en una pradera, encontramos dos ciervas con sus dos cervatillos, que nos contemplaron un rato con curiosidad, corrieron, volvieron a pararse a mirar y echaron a correr otra vez para esconderse en el bosque.... Estos son los que hacen un total de dieciseis ciervos. Estábamos impresionados, desde luego. Nunca habíamos visto tanto animal en tan poco tiempo (en España, claro, si vas a un safari en África se ven muchísimos más, por supuesto...).

Una tarde encantadora, desde luego. Aunque las fotos no fueron fáciles de hacer. En unos instantes desaparecen, la falta de luz por la hora tardía y las sombras del bosque... Pero los ciervos son animales maravillososos. Son curiosos y vuelven su cabeza a mirarte, se quedan contemplando con interés y con esa carita fina de ojos tiernos que te conquistan. Elegantes, estirados, cuando caminan al trote parece que andan de puntillas como bailarinas de ballet. Y cuando corren de verdad, muestran su agilidad y velocidad, escapando rápidamente.

Por la noche, después de cenar en Vega del Codorno, un mochuelo nos esperaba posado en la carretera. Al pasar con el coche salió volando, para posarse en los cables de la luz, paramos el coche y lo estuvimos contemplando (solo su silueta, claro, en la oscuridad no se puede apreciar más), hasta que Pedro le apuntó con la linterna y por supuesto, se fue volando. Pobre mochuelo, mira que molestarle con la linterna...



Al día siguiente, el espectáculo se repitió, aunque esta vez creo que solo llegamos a diez o doce ciervos... Todos íbamos atentos en el coche mirando aquí y allá, tan pronto descubría Elena cuatro por un lado, como mi hijo Pedro por el otro, como yo misma, como nuestro cazador más experto, Pedro... Cuando salí de Zaragoza esperaba encontrar en Cuenca paisajes hermosos (que ciertamente lo son, de eso ya hablaremos más adelante), pero no una espléndida reserva faunística que saliera a nuestro encuentro cada tarde.

1 comentario:

Gonzalo («Darabuc») dijo...

Tengo recuerdos muy buenos de la Vega del Codorno y el río Cuervo y todos esos montes y paseos. ¡Una zona preciosa!