jueves, 17 de diciembre de 2009

El baúl de mi tía Tere


He dado un paseo esta mañana por la feria de la almoneda, me gusta ver antigüedades. Candelabros de cobre, farolillos, plumines, monedas con verdín, percheros modernistas. En un rincón he encontrado un enorme baúl de viaje, de tela cruda ya tirando a amarillenta con rayas marrón oscuro. Se parece a un baúl de mi infancia que estaba en casa de mis abuelos, en la habitación de mi tía Tere y que yo siempre me preguntaba qué secretos contendría. Nada, ropa vieja, decía mi tía y me largaba una muñeca para que jugara y me olvidara de aquel baúl enigmático, siempre con ropa para planchar sobre él o por el contrario, ropa recién planchada y bien plegada, pero todavía sin recoger, un baúl al que no me podía acercar porque si no, iba a desordenar todo lo que había encima de él o a mancharlo con mis manitas llenas de la grasa del bocadillo de chorizo de Pamplona que mi abuelo me había preparado para merendar. Hoy he pasado mi mano sobre él, sin rastros de chorizo, unas manos adultas que buscan recuerdos perdidos, le he pedido al vendedor si podía abrirlo para ver su interior y él ha traído la llave y me ha dejado que fuera yo misma quien destapara el secreto del baúl de mi tía. Nada más abrirlo, un puñetazo de bolas de naftalina me ha tirado al suelo, dejándome inconsciente. Y del baúl han salido en una ráfaga de aire cálido la sonrisa de monalisa de mi tía, sus ojos oscuros e inquietos, que leían con avidez los periódicos, sus bisbiseos de rezos, sus besos con ruido – chuick – a una figura de la virgen fosforescente que brillaba en la oscuridad, sus vestidos negros de luto riguroso que contrastaban con sus ganas de jugar siempre con todos los sobrinos, las tardes en su habitación jugando a la casa del terror con la luz apagada en la que ella nos preparaba las trampas más divertidas, o ese tren hecho con sillas una detrás de otra, en el que nosotras éramos las pasajeras y mi primo el maquinista... Cuando he vuelto en sí, me he encontrado al vendedor haciéndome aire con un abanico de principios del siglo pasado y con voz de alivio me decía: "He llamado a los de urgencias, no tardarán, no se levante deprisa". Yo no le he hecho caso, y me he levantado, "No ha sido nada", le he dicho, le he dado las gracias por enseñarme el bául: "Lo siento, no voy comprarlo, pues todo lo que había en su interior ha vuelto a estar dentro de mí".
El vendedor ha mirado el baúl vacío sin entender nada, pues él no sabe que he sido yo quién se ha llevado su contenido y he aprovechado su desconcierto para marcharme arrastrada por la brisa ligera de una dulce melancolía.

1 comentario:

Francisco Javier dijo...

Al leer tu relato, me han venido a la memoria muchos recuerdos de mi infancia y adolescencia.
Alguna vez, cuando veo alguna foto de esas épocas recuerdo situaciones, personas, conversaciones, gestos, ilusiones, ... que no se si realmente fueron así o son simplemente historias que a mi me hubieran gustado que así hubieran pasado.
Lo que si tengo claro, es que estos recuerdos nunca podré describirlos de la forma tan bonita como describes el tuyo.