domingo, 31 de octubre de 2010

Palabras congeladas


"Te quiero" dijiste antes de marchar.
Pensé en congelar tus palabras. Congelarlas para no olvidarlas nunca. Y guardarlas en el congelador, para que cuando quisiera recordarte, pudiera darles una chupada. Como un polo. Pensé que entonces tus palabras terminarían por deshacerse algún día entre mis labios, así que tendría que racionar mis chupadas, para que me duraran. Pero uno no guarda un polo empezado en el congelador, para ir saboreándolo durante todo el verano. Uno sorbe el polo de una sentada, lengüetazo a lengüetazo, hasta que sólo le queda el palito de madera. Claro, que de tus palabras no quedaría ni el palito. Tus palabras eran solo eso, palabras, sin nada que las soportara, más que el hielo de tu mirada. ¿Quién quiere más hielo entonces? ¿Quién piensa en congelarlas? ¿Quién puede hablar de amor cuando está diciendo adiós?

sábado, 30 de octubre de 2010

Cuenta cuentos en Olé Tus Libros

El sábado 6 de noviembre tengo sesión de cuenta cuentos en la librería Olé tus libros

Contaré Monstruo vas a comerme y algún otro cuento más.



¡Os espero!

Lugar: Librería Olé tus libros

Calle Miguel Servet, 13, Zaragoza ver mapa

Día: 6 de noviembre, sábado

Hora: 12:00

Los versos de Miguel Hernandez inundan la red

"Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Miguel Hernández, poeta al que hemos ido recordando en Internet con numerosas actividades. Hagamos que la Red se inunde con sus versos"

Es dificil seleccionar versos de Miguel Hernandez, su obra es tan extensa y tan hermosa. Vida tan breve y tanta poesía... Pero aquí dejo una muestra, en el día de su centenario:


CANCIONERO Y ROMANCERO DE AUSENCIAS


(8)
 
¿Qué quiere el viento de encono
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?

Derribarnos, arrastrarnos.

Derribadas, arrastradas,
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?
Separarnos.

(13)

Besarse, mujer
al sol, es besarnos
en toda la vida.
Ascienden los labios,
eléctricamente
vibrantes de rayos,
con todo el furor
de un sol entre cuatro.
Besarse a la luna,
mujer, es besarnos
en toda la muerte.
Descienden los labios,
con toda la luna,
pidiendo su ocaso,
del labio de arriba,
del labio de abajo,
gastada y helada
y en cuatro pedazos.


(59)

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes. Tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes. Tristes.


POEMAS SUELTOS, II

TUS CARTAS SON UN VINO

A mi gran Josefina adorada.


Tus cartas son un vino
que me trastorna y son
el único alimento
para mi corazón

Desde que estoy ausente
no sé sino soñar,
igual que el tu cuerpo,
amargo igual que el mar.

Tus cartas apaciento
metido en un rincón
y por redil y hierba
les doy mi corazón.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme, paloma,
que yo te escribiré.

Cuando me falte sangre
con zumo de clavel,
y encima de mis huesos
de amor cuando papel.


POEMAS SUELTOS, IV


(1)

LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

domingo, 24 de octubre de 2010

Las rosquillas del abuelo


Me gustaba que mi abuelo fumara, porque en cuanto daba un par de caladas al cigarrillo, me llamaba:

- ¡Mira, Juan, mira cómo hago roscos!

Yo dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo y me acercaba a contemplar cómo ponía sus labios igual que un pez y, cerrando los ojos, hacía volar aquellas rosquillas ovaladas, que salían una tras otra de su boca, al ritmo del abrir y cerrar de sus labios. Me quedaba embobado mientras se agrandaban y estiraban hacia el techo, hasta que se deshacían en el aire; a veces, trataba de insertar mi dedo en ellas y así se desvanecían antes, pero nunca lograba atrapar una de esas rosquillas, evanescentes y delicadas, que bailaban ondulantes ante mis ojos.

Yo le decía que aquello era como las señales de humo de los indios y entonces él me hacía sentar en sus rodillas y me decía:

- Esta es mi pipa de la paz, soy el gran jefe "Aguila Blanca". ¿Sabes como llamaban los indios a la pipa de la paz?

Aunque sí lo sabía, yo negaba con la cabeza solo para oírle decir:

- Calumet, se llama calumet.

Para mí, calumet era como una palabra mágica: cuando decía calumet, el abuelo comenzaba a hacer rosquillas de nuevo, rosquillas de paz… Hasta el humo del cigarrillo olía dulce con la palabra calumet.

jueves, 21 de octubre de 2010

Fernando Lalana, Premio Cervantes Chico

Fernando Lalana ha sido galardonado con el premio Cervantes Chico de literatura infantil y juvenil. ¡Enhorabuena Fernando! Es el reconocimiento bien merecido de una obra dedicada a los jóvenes, obra extensísima, por cierto, ya debe andar por los cien títulos publicados... Libros que gustan a niños, jóvenes y a adultos, eso es una buena tarjeta de presentación para un escritor.

Me gusta leer a mi amigo Fernando, sus obras tienen humor, intriga y todos los ingredientes necesarios para atraer a los chicos, desde los más peques a los jóvenes. Ha realizado una intensísima actividad de animación a la lectura, recorriendo todos los rincones de la geografía española. Lo recuerdo desde ese “Morirás en Chafarinas”, o “El fantasma del Rialto”, donde me hacía reír con ganas, con su grandísimo “Hubo una vez una guerra”, lleno de ternura y de guerras chicas y grandes... Después lo conocí en mis primeras firmas de autor en la librería París, donde mano a mano firmábamos ejemplares a los lectores, yo con mi bruja de chocolate, mirando con una sana envidia de principiante a ese autor al que todos los chavales venían buscando a la caseta de la París para que les firmara un libro, para decirle que había estado en su cole o en su instituto y él siempre tan campechano y accesible, un encanto para los lectores y para sus colegas escritores... Hemos pasado buenos ratos en la caseta de la París, charlando, bromeando con César y con Pablo, los libreros, comentando cosas del mundillo editorial y siempre me he sentido a gusto con él, como con un buen amigo.

Hoy sigue siendo igual en todas las ferias del libro, en todos los días del libro, todos le buscan, hacen fila para que les dedique unas palabras. Mi hija se acerca con ansiedad para llevarse su último libro, que le arranca siempre carcajadas incontenibles.

Desde aquí te dedicó mi más sincera admiración y otra vez, ¡felicidades!

Y a los que leéis esto, un consejo: ¡Todos a leer a Fernando Lalana!

Aquí los enlaces del heraldo sobre el premio:

premio cervantes

entrevista

jueves, 14 de octubre de 2010

Amaneceres robados a la General Motors

Lo único que merece la pena de madrugar para ir al trabajo, es poder robar un amanecer...



4.octubre.2010
7:37






4.octubre.2010
7:41


6.octubre.2010
7:40

* * * * *

Las primeras fotos están hechas con el móvil (estaba tan bonito, que no me pude resistir a la tentación de hacer unas fotos y como no tenía una herramienta mejor, utilicé el movil). Por eso son tan malillas...

La del 6 de octubre, un poquito mejor, aunque es una cámara pequeñita, no se le puede pedir más.

Como véis este blog se publica con retraso, porque las fotos son de la semana pasada. Pero una hace con el tiempo lo que puede... La semana que viene, publicaré fotos de esta semana... Y así sucesivamente. Es como vivir la vida dos veces: una la de verdad y la segunda la que revivo con las fotos y el blog.

miércoles, 13 de octubre de 2010

domingo, 3 de octubre de 2010

El colegio... ¡Buf!


El primer día de clase, con cuatro años, lloré mucho, yo no quería separarme de mi madre. Me metieron en una clase de diminutos como yo y me sentaron al lado de dos niñas en una mesa redonda de nuestro tamaño, con sillitas alrededor. Las niñas quizá eran Cristina y Yolanda, luego mis grandes amigas, aquel día creo que fue Cristina la que me dijo "no llores" y Yolanda le dijo "Déjala, déjala tranquila" como si llorar fuera natural y supiera que tarde o temprano se me pasaría. Mi madre siempre contaba que cuando en casa me preguntó si había dejado de llorar enseguida yo le contesté toda seria y muy digna: "Me he callado cuando he querido".

No sé, quizá pensaba que eso de la escuela era una traición de mi madre… Nuestro mundo era mucho mejor que el colegio.

Yo llevaba bastante mal lo del cole. En casa se estaba mucho mejor, podías hacer lo que quisieras, pero en el cole había una "señorita" a la que había que obedecer y muchos niños con los que lidiar. Yo era de las niñas buenas, de las que obedecen para no meterse en líos, no me gustaba lo que les pasaba a los otros cuando se portaban mal. El caso es que el mundo del cole no era mi ambiente..

Para desahogarme, en casa jugaba con mis muñecos a la escuela. Los ponía en filas delante de mi pizarra, yo era la maestra y al que ese portaba mal le pintaba la cara o lo ponía cara a la pared, o si era uno de los muñecos que no me gustaban le pegaba un mamporro… Con el mismo mal genio que mis profesoras.

Recuerdo esconderme en casa a la hora de salir por la mañana para que mi madre no me encontrara y así perder el autobús del colegio. Pero mi madre me encontraba, detrás de una puerta o de donde fuera y corríamos escaleras abajo (siete pisos, el ascensor solo era de subida) y pillábamos el autobús por los pelos.

Quizá lo más bonito del cole era el autobús, blanco con muñequitos de Carlitos en cuyos globos los monigotes decían los distintos niveles que impartía el colegio "preescolar" "primero…" " segundo…" "tercero…", "cuarto…", "Hasta ingreso…". Aquello para mi época ya estaba obsoleto, pues yo era ya de la EGB… Los asientos eran de respaldo bajo, pensados para los niños, forrados de eskai marrón caguerilla y eran los únicos autobuses para niños que llevaban cinturón de seguridad, en aquellos tiempos una simple correa de cuero, como un cinturón de pantalón que nos ataban con una hebilla por delante de los tres chicos que nos sentábamos en el asiento.

Una tarde, después de comer, me tumbé en el sofá y me quedé con los ojos cerrados. Todos creían que me había quedado dormida y oía a mi madre decir: "Mírala que a gusto duerme, cómo la vamos a despertar… Bueno, por una tarde que no vaya al cole…" Y así pasó la hora de coger el autobús y luego yo hice como que me despertaba y esa tarde fue una tarde más de libertad.

Desayunaba en la cocina con el reloj en la pared enfrente de mí haciendo pasar rápidamente el tiempo, eran las nueve y cinco y de repente ya eran las nueve y veinticinco y había que salir corriendo para coger el autobús. Mi madre me encorría para que desayunara deprisa. Pero había que masticar lentamente y beberse el riquísimo cacao Suchard de caja azul, con azúcar, y eso llevaba su tiempo.

En el desayuno me gustaba jugar a la ballena. Echaba una galleta en la leche, que hacía de barco y trocitos de galleta encima que eran los navegantes, enseguida todo se ablandaba y entonces llegaba la ballena o sea yo y me iba comiendo a los marineros y el barco y todo con mi gran boca, pescándolos con la cuchara.

Bollos de jamón de york


Recuerdo los deliciosos y enormes bollos cubiertos de azúcar que me preparaba mi madre de almuerzo para el cole en preescolar. Los abría por la mitad, los untaba de mantequilla y les ponía un filete de jamón de york. Afortunadamente yo era alta, porque cuando llegaba el recreo y sacaba mi tentador bollo, siempre tenía a mi alrededor a un montón de niños que querían darle un mordisco, así que yo estiraba mi brazo bien arriba para que no me lo quitaran. La selva, el colegio era la ley de la selva.